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¿Se
justifica gastar tanto dinero en una mira
de alta calidad?
Tom Bulloch [USA]
Material
cedido p/Schmidt & Bender y la
German
Gun Collectors Association
La
oscuridad era total, sin la menor esperanza
de que apareciera la Luna. Sin embargo el
gran león estaba tan cerca que podía
oírlo quebrar los huesos y desgarrar
la carne del cebo. "Prepárate"
dijo el guía. "Prepárate?
pensé, Prepárate para qué?
si no puedo ver nada!"
Durante la primera
mitad de mi carrera como cazador, yo no era
muy diferente a cualquier cazador americano
medio, en el sentido de que consideraba que
las miras telescópicas eran un mal
necesario.
Después
de todo, era más fácil justificar
el gasto del sueldo de un mes en un buen rifle.
Un nogal exquisito, un diseño elegante,
el agradable contraste de un buen pavonado
con el efecto multicolor de un marmolado,
quizá algún grabado...la estética
que el arte de un armero puede lograr, después
de todo, tiene un precio.
¿Pero
una mira telescópica? ¿Quién
hizo alguna vez exclamaciones de asombro frente
a una artefacto de vidrio y de metal negro?
No quiero decir con esto que cometería
el error de comprar una oferta especial de
u$s 30, por supuesto, pero pagar mil dólares...o
más por una mira? Para mí no
tenía ningún sentido.
Después
de endeudarme en la compra de un buen rifle,
era suficiente tener una mira que fuera capaz
de mantener su alineación razonablemente
bien y que su retículo se distinguiera
con nitidez.
Mis
primeras dudas, sobre mis puntos de vista,
comenzaron a surgirme luego de conversar con
Dietrich Apel, dueño de la firma New
England Custom Gun y fanático de las
ópticas alemanas de calidad.
"Un
rifle tendrá tan buena precisión
como se lo permita su mira telescópica",
me explicó. "Puedes comprar el
rifle custom más caro, pero nunca desarrollará
todo su potencial con una mira de baja calidad
montada sobre él. A la inversa, inclusive
un rifle fabricado en serie puede exhibir
una precisión excepcional con una mira
de alta calidad". Debo admitir que lo
que decía, tenía sentido. Después
de todo, no puedes acertarle a lo que no puedes
ver.
¿Pero
existe tanta diferencia cuando uno está
realmente cazando?
Estaba
a la espera de una cacería de león.
Un par de años antes, había
ido a cazar estos grandes felinos de África
y había regresado a casa con las manos
vacías. No disponiendo de medios suficientes
como para poder concretar viajes ilimitados
al Continente Negro, estaba ansioso por tener
éxito esta vez, y haría todo
lo que fuera necesario para que esta vez,
todas las ventajas estuvieran a mi favor.
Me
familiaricé con la línea de
miras telescópicas de Schmidt &
Bender y quedé impresionado con los
informes de cazadores que decían lograr
hasta una hora más de luz como para
disparar, con esas miras. Como los felinos
se cazan usualmente al anochecer o durante
la noche misma, con luz artificial una buena
mira como la Schmidt & Bender de 1,5-6x42
(*) parecía adecuada sobre mi .375
Dakota (**).

De
manera que ahora, me encontraba aquí,
apostado en la más completa oscuridad,
a un millón de kilómetros en
el medio de la sabana africana, con un gran
león destrozando una presa que colocamos
como cebo a no más de 35 metros de
distancia.
Había
llevado casi una semana rastrear a este gran
animal, pero ahora todo iba de acuerdo a lo
planificado.
Excepto
por el pequeño inconveniente de no
ver absolutamente nada.
Había
practicado una serie de señales con
Leon Lamprecht, mi cazador profesional, si
se daba el caso de estar en una situación
como en la que nos encontrábamos.
Es
una práctica habitual en muchas naciones
africanas cazar a los felinos bien entrada
la noche, y el silencio resulta esencial.
Si el león se acercaba al cebo, Lamprecht
me palmearía el hombro una vez para
que me preparara, una segunda palmada significaba
que estaba próximo a encender su linterna
y yo tendría unos breves segundos para
localizar mi blanco y disparar.
Recibí
la primera palmada. Luego la segunda. A través
de la mira pude distinguir una forma amarronada
contra las matas oscuras. La transpiración
corría por mi rostro. Rápidamente
le dí más aumentos a la mira
tratando de determinar cuál era el
lado correcto del animal.
Entonces
el león, que se estaba alejando, supo
que algo no andaba bien y giró su cabeza
hacia nosotros. No cabían dudas de
que su mirada estaba indignada, rodeada por
una gran melena negra.
En
una fracción de segundo centré
la cruz de la mira en su hombro y presioné
el gatillo. El arma rugió, al igual
que el león, luego todo fue silencio.
Esperamos casi media hora, luego cuidadosamente
nos aventuramos fuera del refugio en la oscuridad
(algo no muy inteligente, pero esa es otra
historia). Luego de un lapso de ansiedad,
encontramos al animal, de gran tamaño,
abatido con un solo disparo. Mi cacería
de león había terminado.

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